Rey Azúcar

El azúcar ha adquirido importancia internacional a raíz de los denominados “combustibles renovables”. Si bien Argentina ocupa el 19° lugar en la consideración mundial en cuanto a la producción, los lobbies y dificultades dentro del sector son representativos del funcionamiento de la política productiva e industrial de la gestión de Mauricio Macri.
Redacción
El sentido común indica que hablar de la industria azucarera es sinónimo de agricultura extensiva, trabajo precario de gran demanda de mano de obra durante la zafra; y la representación de dos o tres marcas en la retina que se comercializan en el mercado interno argentino.
Sin embargo, cada vez más – y es tendencia mundial -, la producción azucarera se vuelca al bioetanol: alcohol derivado del procesamiento de la caña de azúcar utilizado para cortar combustibles. La industria de éste derivado crece a nivel internacional a partir de los protocolos internacionales (y los negocios monumentales que genera), que señalan e indican la producción de combustibles con cada vez mayores proporciones de los denominados “renovables”.
Argentina no es la excepción en ésto. Ubicada en el puesto 19° a nivel mundial, la economía azucarera nacional se centra en Tucumán y en menor medida en Jujuy; quedando Salta en tercer lugar. El sector está profundamente concentrado en una decena de firmas que poseen dominio o incidencia oligopólica sobre las plantaciones, ingenios, refinadoras y destilerías.
Se estima que la industria ocupa en toda su cadena 200 mil trabajadores, aunque e términos de costos, la mano de obra no supera a los que implican los fletes (20%).
Siguiendo otro de los denominadores comunes de las economías regionales argentinas, el sector afronta problemas financieros. Los factores que inciden son varios:
Primero la cuota nacional en el mercado internacional es ínfima, máxime si tenemos en cuenta que Brasil es el principal productor y exportador, acaparando un 45% del comercio internacional del producto. Los cañones del mundo apuntan allí, y Argentina ni siquiera alcanza índices marginales de participación.
Segundo, la reconfiguración internacional del mercado del azúcar. Lentamente en los últimos diez años, la proa va apuntada a la producción de bioetanol dado que tiene márgenes superiores al 400% respecto del azúcar para endulzar.
Tercero, en Argentina, el Gobierno instrumentó aumentos de corte de bioetanol del 10 al 12% por litro de nafta para fomentar la participación y adaptarse a la normativa internacional; pero negocia con las principales destilerías de combustible (YPF, Raízen, Axion y Trafigura) el precio a pagar por litro a los proveedores ($ 23,41; es decir un 54% menos del precio internacional).
¿Qué quieren que suceda los productores de bioetanol? Que el mercado argentino pague el producto acorde a los precios internacionales. O, que otorgue financiación para sumar inversiones en tecnología e infraestructura para sus instalaciones. Sabemos lo que sigue: cotización del dólar, nivel de tasas de interés y la paupérrima política industrial de la actual gestión de la Rosada.
A ésto se agrega que en la mesa de discusión del sector, además de las multinacionales de los combustibles que refinan en nuestro país, se suman Estados Unidos (principal comprador del bioetanol que se exporta), y la Coca-Cola Company (acaparador casi exclusivo del azúcar a granel en la zona) que utiliza el producto para sus plantas productoras y embotelladoras de bebidas.
Deducción: cualquier ventaja otorgada a la producción de bioetanol, aumenta los costos de todos los actores de la mesa.
La salida elegante sería que la Secretaría de Energía compre la producción y la revenda a las destilerías. Una herejía populista ante los ojos de liberales conservadores.
¿Qué es lo que viene para el sector? Mayor grado de concentración, sumisión ante los principales actores del mundo de los combustibles como de los alimentos y refrescos a base de azúcar, y buenos negocios en materia logística. En este caso, la inestabilidad internacional en el sector, justifica cualquier desequilibrio interno por venir. El empresario que tenga espalda, sobrevivirá; el que no, venderá.
¿El Estado? Bien; gracias.

Fuentes: Ministerio de Hacienda / INDEC / Expansión (Estadísticas y Cotizaciones internacionales)

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