La Madre de la Patria

Argentina tiene una Madre de la Patria. A no confundirse con España. La “historia oficial” armada para el “despegue” de nuestro país al mundo, intentó borrar el rastro de esa mujer. Se la negó por mujer, por pobre y por negra. Su ocultamiento se incremetó después de muerta; así como el desprecio la abrumó mientras vivía, hasta convertirla en una mendiga harapienta celosamente olvidada.
Redacción
La denominada Generación de ’80 se propuso erradicar de la historia y la memoria colectiva a María Remedios del Valle. Nacida en Buenos Aires entre 1766 y 1767 era de origen africano e hija de esclavos.
A los 40 años, participó como auxiliar del Tercio de Andaluces, cuerpo de milicianos que defendieron la ciudad durante la segunda invasión inglesa en 1807.
Días después del 25 de mayo de 1810, se incorporó, se incorporó a la marcha de la 6° Compañía de Artillería Volante del Regimiento de Artillería al mando del capitán Bernardo Joaquín de Anzoátegui. Misma unidad a la que estaban afectados su marido y sus dos hijos.
Caída su familia durante el conflicto, ella siguió sirviendo en el ejército como auxiliar durante el avance al Alto Perú, en la derrota de Huaqui y en la retirada que siguió.
Ya bajo el mando de Manuel Belgrano, y tras una destacada labor durante la batalla de Tucumán, el general la nombró Capitana del Ejército del Norte. Vinieron luego las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, donde Remedios, una de las “niñas de Ayohuma”, combatió con las armas en la mano. Allí, fue herida de bala y hecha prisionera por los españoles. Durante su cautiverio, fue sometida a
a nueve días de azotes públicos que le dejaron cicatrices para el resto de su vida. Escapó y se incorporó a las fuerzas de Güemes y Juan Antonio Álvarez de Arenales, otra vez en la doble función de combatiente y enfermera.
Culminadas las guerras de la Independencia y con casi 60 años, María Remedios del Valle regresó a Buenos Aires. Se instaló en un rancho en la zona de quintas en las afueras de la ciudad, desde donde cada día caminaba encorvada hasta los atrios de las iglesias de San Francisco, Santo Domingo y San Ignacio y la plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo), para ofrecer pasteles y tortas fritas y también mendigar para sobrevivir.
En 1826 inició una gestión solicitando una pensión en compensación de sus servicios a la patria y por la pérdida de su esposo y sus hijos. En el expediente dirigido a las autoridades, escrito por un letrado, dice:
“Doña María Remedios del Valle, capitana del Ejército, a V. S. debidamente expone: Que desde el primer grito de la Revolución tiene el honor de haber sostenido la justa causa de la Independencia, de una de aquellas maneras que suelen servir de admiración a la Historia de los Pueblos. Sí Señor Inspector, aunque aparezca envanecida presuntuosamente la que representa, ella no exagera a la Patria sus servicios, sino a que se refiere con su acostumbrado natural carácter lo que ha padecido por contribuir al logro de la independencia de su patrio suelo que felizmente disfruta. Si los primeros opresores del suelo americano aún miran con un terror respetuoso los nombres de Caupolicán y Galvarino, los disputadores de nuestros derechos por someternos al estrecho círculo de esclavitud en que nos sumergieron sus padres, quizá recordarán el nombre de la Capitana patriota María de los Remedios para admirar su firmeza de alma, su amor patrio y su obstinación en la salvación y libertad americana; aquellos al hacerlo aún se irritarán de mi constancia y me aplicarían nuevos suplicios, pero no inventarían el del olvido para hacerme expirar de hambre como lo ha hecho conmigo el Pueblo por quien tanto he padecido. Y ¿con quién lo hace?; con quien por alimentar a los jefes, oficiales y tropa que se hallaban prisioneros por los realistas, por conservarlos, aliviarlos y aún proporcionarles la fuga a muchos, fue sentenciada por los caudillos enemigos Pezuela, Ramírez y Tacón, a ser azotada públicamente por nueve días; con quien, por conducir correspondencia e influir a tomar las armas contra los opresores americanos, y batídose con ellos, ha estado siete veces en capilla; con quien por su arrojo, denuedo y resolución con las armas en la mano, y sin ellas, ha recibido seis heridas de bala, todas graves; con quien ha perdido en campaña, disputando la salvación de su Patria, su hijo propio, otro adoptivo y su esposo; con quien mientras fue útil logró verse enrolada en el Estado Mayor del Ejército Auxiliar del Perú como capitana, con sueldo, según se daba a los demás asistentes y demás consideraciones debida a su empleo. Ya no es útil y ha quedado abandonada sin subsistencia, sin salud, sin amparo y mendigando. La que representa ha hecho toda la campaña del Alto Perú; ella tiene un derecho a la gratitud argentina, y es ahora que lo reclama por su infelicidad”.
El entonces ministro de Guerra, general Francisco Fernández de la Cruz, rechazó el pedido recomendando dirigirse a la legislatura provincial ya que no estaba «en las facultades del Gobierno el conceder gracia alguna que importe erogación al erario.

Según se afirma, en 1827, mientras Remedios mendigaba en la plaza de la Recova, el general Juan José Viamonte la reconoció. En su carácter de diputado, presentó un proyecto para otorgarle una pensión que reconociera los servicios prestados a la patria. La petición fue rechazada, pero cuando en junio de 1828, Viamonte fue elegido vicepresidente primero de la legislatura decidió insistir. Le reclamaron documentos que avalaran el pedido, y contestó:
“Yo no hubiera tomado la palabra porque me cuesta mucho trabajo hablar, si no hubiese visto que se echan de menos documentos y datos. Yo conocí a esta mujer en el Alto Perú y la reconozco ahora aquí, cuando vive pidiendo limosna. Esta mujer es realmente una benemérita. Ella ha seguido al Ejército de la Patria desde el año 1810. Es conocida desde el primer general hasta el último oficial en todo el Ejército. Es bien digna de ser atendida: presenta su cuerpo lleno de heridas de balas y lleno, además, de cicatrices de azotes recibidos de los españoles. No se la debe dejar pedir limosna. Después de haber dicho esto, creo que no habrá necesidad de más documentos”. “Yo conozco a esta infeliz mujer que está en un estado de mendiguez y esto es una vergüenza para nosotros. Ella es una heroína, y si no fuera por su condición, se habría hecho célebre en todo el mundo. Sirvió a la Nación pero también a la provincia de Buenos Aires, empuñando el fusil y atendiendo y asistiendo a los soldados enfermos”.
No tuvo suerte Viamonte. La excusa fue que “la Junta representaba a la provincia de Buenos Aires, no a la Nación, por lo que no correspondía acceder a lo solicitado”.

Tomás de Anchorena también defendió la causa de Remedios: “Esta es una mujer singular. Yo me hallaba de secretario del general Belgrano cuando esta mujer estaba en el ejército, y no había acción en la que ella pudiera tomar parte que no la tomase, y en unos términos que podía ponerse en competencia con el soldado más valiente; era la admiración del general, de los oficiales y de todos cuantos acompañaban al ejército. Ella en medio de ese valor tenía una virtud a toda prueba y presentaré un hecho que la manifiesta: el general Belgrano, creo que ha sido el general más riguroso, no permitió que siguiese ninguna mujer al ejército; y esta María Remedios del Valle era la única que tenía facultad para seguirlo. Ella era el paño de lágrimas, sin el menor interés de jefes y oficiales. Yo los he oído a todos a voz pública hacer elogios de esta mujer por esa oficiosidad y caridad con que cuidaba a los hombres en la desgracia y miseria en que quedaban después de una acción de guerra: sin piernas unos, y otros sin brazos, sin tener auxilios ni recursos para remediar sus dolencias. De esta clase era esta mujer. Si no me engaño el general Belgrano le dio el título de capitán del ejército. No tengo presente si fue en el Tucumán o en Salta, que después de esa sangrienta acción en que entre muertos y heridos quedaron 700 hombres sobre el campo, oí al mismo Belgrano ponderar la oficiosidad y el esmero de esta mujer en asistir a todos los heridos que ella podía socorrer. Una mujer tan singular como ésta entre nosotros debe ser el objeto de la admiración de cada ciudadano, y adonde quiera que vaya debía ser recibida en brazos y auxiliada con preferencia a una general; porque véase cuánto se realza el mérito de esta mujer en su misma clase respecto a otra superior, porque precisamente esta misma calidad es la que más la recomienda.”

Se dice que fue en ese momento que comenzaron a denominarla “Madre de la Patria” a partir del reconocimiento de sus compañeros de armas. También se afirma que comenzó a cobrar una pequeña pensión de 30 pesos (lo que ganaba por entonces una costurera); aunque otras fuentes dudan que la haya cobrado alguna vez.
Fue Juan Manuel de Rosas quién años después le otorgó el verdadero reconocimiento a Remedios. En abril de 1835, le otorga el rango de Mayor de Caballería y se le asigna sueldo. A la vez, Rosas le permite llevar su apellido.
Murió el 8 de noviembre de 1847 con 80 años. Un periódico de la época publicó: “Baja. El mayor de caballería Doña Remedios Rosas, falleció”.

Fuente: La Gaceta / Periódica VAS / Roberto Gallaso / Felipe Pigna

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