Transgénicos y puertas giratorias

La concentración de la propiedad de la tierra, avanzó al ritmo de la creciente y expansiva aplicación de un cóctel de agroquímicos, donde el glifosato era el ingrediente principal pero no el único que fomentó el surgimiento de conflictos agroambientales, para intentar detener el avance de las pulverizaciones en la interface urbano-rural.
Redacción
La República Argentina fue el primer país de América Latina que abrió sus fronteras a la liberación de un evento transgénico: la soja RR. El objetivo de expansión fue planteado por fuera de sus fronteras, en la mesa de discusión global de los grandes grupos semilleros y agroquímicos que buscaban en primera instancia, una expansión rápida y en gran escala sobre grandes territorios, para la colocación segura de sus nuevos productos.
El 25 de marzo de 1996, y solo a través de una resolución interna –Nº 167/96– del secretario de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación de la Argentina, Ing. Agr. Felipe Solá, se aprobaba la liberación comercial de la soja RR, resistente al herbicida glifosato, bajo la segunda presidencia de Carlos Saúl Menem.
El llamado “paquete tecnológico” incluía tres ingredientes: una nueva soja, resistente a un herbicida; el glifosato, que permitía controlar malezas, en un también novedoso sistema de conservación conocido como siembra directa. Rápidamente, los agricultores adoptaron esta tecnología. En poco menos de cinco años (1996-2001), la tasa de adopción tecnológica de las nuevas semillas transgénicas alcanzó el 100%.
Pero ¿por qué los agricultores argentinos tomaron tan rápidamente una nueva tecnología? Con la siembra directa y el control de malezas con glifosato, los agricultores podrían cerrar tres ciclos de cultivos en dos años (trigo-soja, soja, trigo-soja), con lo que prácticamente podrían mejorar sus ingresos al unir más rápidamente los ciclos de producción de uno y otro. Diagrama siembra cosecha trigo soja - Voces

Además, pasaban de utilizar una batería de herbicidas para presiembra, preemergencia, posemergencia temprana, posemergencia tardía y ciclo completo, precosecha y cosecha, con un único herbicida: el glifosato. La rápida tendencia a la reducción del precio del litro de glifosato, que pasó en pocos años de costar poco menos de 30 dólares por litro a casi un 1.000 por ciento menos, hizo el resto.

La producción transgénica como política pública

El primer lustro del siglo XXI, sumó a la reducción de costos el buen precio internacional de la soja. Factor que terminó de seducir a grandes, pequeños y mediano productores. La influencia directa de las companías semilleras y agroquímicas, hizo su parte a partir de la poder de incidencia dentro de los estamentos estatales. La producción transgénica se convirtió en política pública, pasando por encima el resguardo social, económico o ambiental de su propia sociedad.
Nidera, hoy de capitales chinos, bombardeaba a los productores con promociones a través de los medios especializados, muestras y exposiciones. Ya para los años 1997 y 1998, Nidera comercializaba sus primeras cinco líneas conocidas como A5435 RG, A5634RG, A5818RG, A6001 RG, A6401RG, que hoy ya forman parte de la historia agrícola del país.
La Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria (CONABIA), ente estatal creado en 1991 y responsable de la bioseguridad en Argentina, garantizaba que con la llegada de los transgénicos se “reduciría” el consumo de herbicidas, se “disminuiría” la deforestación y se incrementaría la “productividad” del cultivo.
Para el año 2016, son cuatro los cultivos “liberados” como biotipos transgénicos en Argentina: soja, maíz, algodón y papa. Durante la campaña 2015 – 2016, fueron 20.300.000 hectáreas de soja sembrada con las características de resistencia a herbicidas e insectos a un 100 por ciento.
En cuanto al maíz, fueron 3.800.000 hectáreas con resistencia a herbicidas, con resistencia herbicida e insecticida del 96 %. Para el algodón, fueron 400.000 hectáreas, con tolerancia herbicida, insecticida o con genes apilados en un 100% de adopción.
El total de superficie sembrada con transgénicos en la última campaña fue de 24.540.000 hectáreas.

Argentina: Tasa de adopción tecnológica de cultivos transgénicos, como porcentaje del total de cada cultivo desde 1996 a 2016

Tasa de Adopción tecnológica 2 - Voces

Dejar hacer, dejar pasar

Según Walter Pengue, luego de dos décadas de manejo de transgénicos en Argentina, hay una serie de temas que prácticamente no hay tenido discusión o difusión. Entre los principales, si la biotecnología tal la concepción con la que se la aplica está beneficiando un desarrollo agrícola sustentable. Segundo, cómo afectará al campo y su recurso el patrón de uso de herbicidas. Tercero, cuáles serían los efectos sobre la biodiversidad. Cuarto, qué pasará con los productores que no accedan al uso de la nueva tecnología.
Lamentablemente, dichos interrogantes fueron desestimados por quienes debieron controlar todas las etapas y los procesos en la liberación de un nuevo evento transgénico y que les hubieran ahorrado al país y sus ecosistemas y sociedades los enormes costos socioambientales, las externalidades, que hoy paga la sociedad en su conjunto. Sin ir más lejos, la CONABIA afirma Pengue, “no permitió realmente entrever los necesarios estudios y ampliaciones sobre los impactos ecológicos y sociales de cada liberación, a pesar de incorporar tecnopolíticos que igualmente apuntaban con su mirada a las garantías de las exportaciones”.
La sociedad civil no fue informada en amplitud y clarificación sobre estos procesos, menos aún se incentivó su participación. La ex Secretaria de Ambiente (hoy ministerio) o del Consumidor, tampoco han mostrado injerencia importante en sus decisiones para involucrarse con la firmeza del caso, en los grandes temas nacionales ambientales que el país necesita.
El “dejar hacer”, permitió el desarrollo de consolidados flujos de “puertas giratorias”: funcionarios y asesores que pasaban del sector público al privado, del gobierno nacional al provincial, de una empresa a otra, o de una empresa con “introgresión” en el sector gubernamental. Dos décadas después los resultados ambientales y sociales han mostrado de manera fehaciente que, los argumentos presentados por las empresas y por los gobiernos que promovieron sucesivamente cada nuevo evento transgénico, no se cumplieron en la realidad. Según el informe de Pengue, “desde el punto de vista ambiental, la enorme expansión de la resistencia y tolerancia al herbicida glifosato y otros herbicidas utilizados en el paquete tecnológico ha crecido de manera irrefrenable en el país.”
El consumo de glifosato llegó en la última campaña agrícola a los casi 400.000.000 de litros, lo que significa aproximadamente unos 10 litros por habitante y por año. En lugar de reducirse, el consumo aumentó drásticamente en valores totales, así como también en su aplicación por hectárea. La aparición de supermalezas, en especial el SARG (sorgo de Alepo resistente a glifosato), rama negra y una serie de más de 24 malezas resistentes, demuestra que es el modelo tecnológico mencionado el que fomentó y expandió esta tremenda y costosa expansión de resistencias.
Entre 1997 y 2015, la extracción de cultivos pasó de 50 millones de toneladas a 137 millones, siendo la soja el cultivo que más creció, saltando de 26.000 toneladas a más de 60 millones de toneladas en el mismo período. El área cultivada con soja también se vio disparada, pasando de 38.000 hectáreas en 1970 a 20,5 millones de hectáreas en el 2015, lo que representa más de la mitad de la tierra cultivada. En 2015, la superficie total sembrada con cultivos fue de casi 41 millones de hectáreas. La pérdida de nutrientes, por extracción selectiva de cultivos como la soja, indica que entre 1970 y 2015 la Argentina exportó casi 60.000.000 de toneladas de nutrientes.
El impulso de una nueva Ley de Semillas promovida por la industria y el actual gobierno argentino con el total apoyo de legisladores del partido gobernante anterior, representa un retroceso en cuanto a la defensa de los intereses de los pequeños y medianos agricultores de la Argentina y la región. El reciente acuerdo entre las multinacionales de las semillas y agroquímicos como Monsanto y Bayer potenciará el poder de la industria química-semillera y promoverá seguramente una expansión aún mayor sobre los territorios, para continuar con las ventas crecientes de estas biomoléculas sintéticas y sus productos vinculados, sumado a una increíble acumulación de conocimiento científico tecnológico en el eje agropecuario.
Desde el punto de vista social, la unidad de escala económica aumentó, pasando de unas 250 hectáreas a principios de los años noventa a poco más de 600 hectáreas en el período actual. Ésta cifra implica la expulsión de 180.000 establecimientos agropecuarios pequeños y medianos. En los momentos de mayor bonanza económica del ciclo sojero y expansión del modelo, la Argentina perdía tres establecimientos agropecuarios por día y los agricultores se veían desplazados de sus propios espacios de vida.
La concentración de la propiedad de la tierra, avanzó al ritmo de la creciente y expansiva aplicación de un cóctel de agroquímicos, donde el glifosato era el ingrediente principal pero no el único que fomentó el surgimiento de conflictos agroambientales, para intentar detener el avance de las pulverizaciones en la interface urbano-rural.
El gobierno argentino mientras tanto, apuesta todas sus fichas a la expansión de las hectáreas sembradas. ¿Mirará alguna vez los costos, las externalidades, o condenará a nuestros recursos naturales, al futuro de país y a las generaciones futuras a una suerte de silla eléctrica?

Fuente: “Cultivos transgénicos: La verdadera historia”. Por Walter A. Pengue. Revista Voces en el Fénix N° 60 – Abril 2017

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