No es negocio

El agronegocio es la forma que adquiere en nuestro país la extranjerización de la producción y especulación agropecuaria atada al modelo financiero global y la concentración en pocas manos de la producción de alimentos en el mundo.
Redacción
En el contexto de privatizaciones masivas, desregulación de mercados en todos los rubros, quiebras y cierres de pequeños productores agropecuarios y las industrias vinculadas al rubro en la década del 90, surgió lo que hoy se denomina el “agronegocio”
La modalidad supuso que la explotación agropecuaria de mediana a gran escala, debía convertirse en una “unidad de negocio”, en una empresa. El productor, el chacarero, paso a convertirse en gerente de producción de su propia tierra, pero sin realizar directamente el trabajo.
La lógica del agronegocio hacía que el productor debiera contratar servicios de terceros para la realización de las tareas de siembra, riego, fumigación, cosecha, entre otras. Lógicamente, las diferentes labores y tercerizaciones de cada etapa del proceso productivo, fue concentrándose en los últimos veinte años en dos o tres manos; donde una de las más conocidas es la firma “Grobocopatel”.
También como era de esperar, los grandes estancieros y terratenientes no tardaron en incorporarse al sistema e incluso financiarlo. Sin embargo, la realidad para pequeños y medianos productores no fue la misma: quién no se adaptó a la nueva modalidad y se transformó en gerente, quebró o pasó de trabajar en circuitos marginales de la agroindustria. El chacarero ya no podía sostener o pagar la maquinaria o las semillas. Todo paso a pertenecer a las empresas que acapararon el sector.
Los que se sumaron al agronegocio, debieron comenzar a lidiar no sólo con los contratistas, sino también con los agentes de financiación y comercialización. Los denominados “pools de siembra”, fueron llamados así por el grado de concentración que fueron adquiriendo a lo largo de la cadena productiva: el productor pasó en pocos años de acordar precio con el acopiador local, a acordar el almacenamiento, flete, comercialización y exportación de la producción.
Asimismo, las transacciones incrementaron el tradicional grado de informalidad, fundamentalmente desde la destrucción del antiguo IAPI, dadas las dudosas condiciones de los contratos, fraguación sistemática de cartas de porte, y el no control de entidades intermedias como las bolsas y cámaras de productores o exportadores.
La clave estuvo en el desahogo financiero y crediticio que en apariencia obtenía el productor gracias a la venta y financiación de la cosecha antes de la siembra. Las trasnacionales del sector, inundaron el campo de dólares en concepto de adelantos, que dotaba al productor de plata fresca sin pasar por las clásicas instancias de control. La compra directa, aseguraba al exportador/importador los granos producidos en los campos, y empujaba al resto de la estructura de contratistas que con sus servicios “garantizaban” la solvencia de los acuerdos.
Como puede verse, además de la alta concentración pocas manos tanto de la tierra como de la cadena productiva y de comercialización, el modelo se consolidó durante la primera década del nuevo siglo, dado exponencial aumento de las materias primas en el mercado internacional. La producción cotizaba muy alta en el mundo, pero tanto las semillas, agroquímicos, otros insumos y servicios fueron aumentando sustancialmente en cuanto precio y concentración.
La imposición estatal a partir de 2005 de retenciones a la exportación, levantó polvareda porque reducía el margen de rentabilidad de los grandes terratenientes y de las empresas exportadoras/importadoras. Por otra parte, les redujo el margen de subsistencia a los pequeños productores -la mayoría endeudados y dependientes de los pooles de siembra-. De allí los argumentos que se esgrimieron durante la denominada “Crisis del Campo” o “Conflicto por la Resolución 125” en 2008.
Dos reflexiones finales. Primero, que el desarrollo del modelo productivo especulatorio de la siembra directa, no aumentó los rindes o la productividad de los campos, aunque aumento exponencialmente los costos del proceso (800% para el trigo, y casi el 90 % para la soja en dos décadas según el Instituto de Estudios Económicos de la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL)).
Asimismo, dejó al campo argentino altamente endeudado en dólares; de allí que la producción agrícola nacional, no dependa de decisiones autónomas de producción y comercialización sino que dependen del contexto internacional.

Fuente: IERAL y Suplemento Cash del Diario Página 12

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