Morsas

                                   “No les tengo miedo a los de afuera que nos quieren comprar, sino a los de adentro que nos quieren vender” Arturo Illia.

HECHOS N° 0 – Redacción
Álvaro Alsogaray, en un discurso enunciado en el Waldorf Astoria durante julio de 1966, se refirió así al golpe que perpetraron contra el gobierno de Arturo Illia el 28 de junio de 1966: “Esa revolución viene a rectificar todos los errores y a anular todos los desatinos cometidos por el gobierno anterior, principalmente en el rubro petrolero”.
En una entrevista concedida a la revista Panorama en 1965, Alsogaray criticaba duramente el gobierno de Arturo Illia; y reivindicaba sus gestiones como ministro de economía basadas fundamentalmente en la apertura de importaciones, liberalización de las exportaciones de materias primas, endeudamiento externo y otorgamiento de concesiones de explotación de hidrocarburos a las empresas extranjeras.
Illia había anunciado al inicio de su gobierno un plan de desarrollo nacional dentro de la austeridad que indicaban las condiciones económicas. Sin embargo, medio siglo después, podríamos concluir que se lo “comió la coyuntura”: las continuas operaciones y presiones de los acreedores extranjeros, los terratenientes, los militares, las empresas trasnacionales, la Embajada de Estados Unidos, y el empecinamiento de mantener la proscripción del peronismo, sólo multiplicaron las dudas y dilaciones del gobierno.
La intensión de Illia era mantener una administración equilibrada haciendo base en el crecimiento. Entendió a la vez la importancia del rechazo a las concesiones petroleras a empresas que se llevaran al exterior las ganancias y los recursos obtenidos de la explotación de ese bien estratégico. Asimismo, rechazaba los prestamos stand-by con el Fondo Monetario Internacional; es decir, financiar el endeudamiento con más endeudamiento, utilizando esa “herramienta” que otorga el FMI de dar apaíses solventes prestamos inmediatos y casi instantáneos a de condicionar su política económica e intervenir directamente en ella.
El Presidente se opuso mientras pudo a esas presiones, pero no pudo realizar las transformaciones profundas que el país necesitaba y él había postulado. Según el historiador Roberto Gallasso, Illia practicó “un nacionalismo defensivo, a la espera de buenas lluvias para la obtención de buenas cosechas”.
Para tipos como Alsogaray, el gobierno era “dirigista”, inoperante, y distorsionador de los mercados y precios e intervencionista. Con esos argumentos comenzaría el camino hacia el golpe de Estado. Lo que más molestó a las empresas trasnacionales y a la Embajada norteamericana fue la anulación de los contratos petroleros, el impulso a una ley de medicamentos y la regulación de la industria automotriz.
Respecto del problema petrolero, Estados Unidos había nombrado un delegado especial para presionar al gobierno. Mientras en el frente interno, los militares encabezados por el General Julio Alsogaray – hermano de Álvaro -, fustigaba a Illia porque la decisión había molestado a los organismos internacionales y los capitales foráneos.
Sobre el conflicto con los laboratorios, la clave del problema estaba en que el entonces ministro de salud, Antonio Oñativia, impulsó una ley de medicamentos que buscaba, controlar los precios de las etapas de producción y comercialización por parte de empresas trasnacionales del ramo. Asimismo, el proyecto buscaba determinar los procesos de toda la cadena de producción. Al intervenir e imponer al sector controles en la trazabilidad, el gobierno trabó el pago de regalías y envíos de remesas a las casas centrales en el exterior. Algo similar sucedería también con la industria automotriz.

Por entonces también se hablaba de “herencia”

Durante el gobierno de Frondizi, en coincidencia con los altos precios internacionales de las materias primas, se había desarrollado un alto volumen de producción agropecuaria; y por ende, importantes aumentos de las exportaciones. De alguna manera, la disponibilidad de recursos aumento relativamente el nivel de ingresos de la población, y además aumentó la demanda de productos industriales.
Seguidamente, durante la gestión de Guido, se impulsó una política financiera y cambiaria destinada a favorecer al establishment nacional, en detrimento y perjuicio de las actividades industriales y urbanas. Lógicamente, comenzó una escalada inflacionaria, que tuvo como consecuencia el aumento del déficit fiscal, caída real de los salarios, y aumentó la desocupación en aquellos sectores industriales ligados a los centros urbanos. Lanzada la debacle, el gobierno e intentó estabilizar el tipo de cambio, y se volvió a incrementar la demanda nacional de bienes y servicios. De esta manera se recuperaron algunas posiciones en materia de empleo y actividad industrial.
Hasta acá, pareciera que la cosa había cobrado nuevo impulso. Sin embargo, aunque resulte extraño al sentido común, en Argentina tradicionalmente se ha asociado el pleno empleo y el desarrollo de los sectores estratégicos de la economía con el preludio al desastre y la crónica del despilfarro. Lo que en realidad ha ocurrido cada vez que se ha aplicado una política redistributiva, es que llega un punto donde se afectan los niveles de ingresos y ganancias de los sectores del establishment agrícola e industrial; y paralelamente la restringe la influencia de la intervención extranjera.
Las dudas de Illia se hacen comprensibles, habida cuenta de los temores de golpe o desestabilización inminentes, si no seguía las instrucciones del establishment. Juzgar la acción de un gobierno cincuenta años después puede resultar sencillo – e injusto. Pero podemos concluir que la “lentitud” achacada al entonces presidente se debía a dos causas fundamentales: la carencia de poder político real; y los obstáculos que continuamente le ponían los “propios”. La relación de su propio partido con los movimientos en los cuarteles el clientelismo y el negociado, y el temor a la reorganización del peronismo, mantuvieron aletargado al Presidente.
Al mismo tiempo un joven Mariano Grondona, desde la revista Primera Plana parecía encabezar la campaña opositora desde los medios. Había movimiento en los cuarteles, y se comenzaban a postular abiertamente los mandatos de la Doctrina de Seguridad Nacional. El golpe era “necesario” para “defender la nación de ataques externos y preservar el orden interno, sino también en la remoción de los líderes gubernamentales de sus puestos, en cualquier momento en que el ejército considere su conducta perjudicial para el bienestar de la nación”.
Nuevamente el ejército, los empresarios y el establishment agrícola y financiero se convirtieron en la reserva moral del pueblo argentino, y cuestionaban la legitimidad del gobierno, con alharacas de más desarrollo, modernización y retorno al concierto internacional.
Según las palabras de Álvaro Alsogaray que datan de aquellos tiempos, “la enfermedad que aflige a la economía argentina es la “falta de confianza” […] Si no se desatan nuevas iniciativas no habrá inversión, la “torta económica” se achica comparativamente, ya que cada día somos más y tenemos una cantidad igual o menor para repartir”.
La coincidencia con la actualidad es abrumadora, salvo que ya no necesitan de los militares. Ahora, con las urnas alcanza.

Fuente: Revista Panorama. Octubre de 1965. Buenos Aires

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